En el convencimiento de que la inmigración es un fenómeno que puede hacer que nuestra sociedad sea más tolerante, justa y rica en valores, “Melilla Acoge” intenta que los inmigrantes que llegan a esta ciudad conozcan nuestra lengua y cultura, de tal forma que puedan mantener sus tradiciones mientras respetan y valoran las propias de la sociedad de acogida. Esta organización no gubernamental se constituyó de forma oficial en octubre de 1994 como apoyo al colectivo de inmigrantes que desde comienzos de la pasada década llegaba en flujo creciente a Melilla. La constitución de “Melilla Acoge” se produjo después de meses en los que “un movimiento, que partió de las distintas parroquias de la ciudad, empezó a ayudar a esta gente con comida, mantas, ..."
De ahí, según comentan sus actuales responsables, surgió un “grupo de gente comprometida” que, a través de la Vicaría de Melilla, tuvo conocimiento del trabajo que desarrollaba “Málaga Acoge”, asociación que entonces ya llevaba años trabajando con inmigrantes en la Península, principalmente marroquíes.
Confeccionaron los estatutos de la asociación basados en los de la Federación de “Andalucía Acoge” a la que luego, más tarde, pertenecerían. Modelo que después tomarían otras asociaciones que nacieron con la denominación “Acoge”. Puntualizan que, a pesar de tener su origen en un grupo cristiano, desde el comienzo se desligan de la Iglesia porque, aunque podía ser más ventajoso la utilización de su infraestructura, esto les limitaba en cuanto a socios y ámbito de actuaciones. Por tanto, en sus estatutos se recoge que son “aconfesionales” y destacan que no son una entidad “caritativa”, aunque reconocen que tienen que desarrollar acciones asistenciales. Precisan que su objetivo inicial era “cambiar las normas y las leyes que en ese momento había” y que, con el paso del tiempo, algo se ha aportado con la participación de la Federación “Acoge” en el Foro por la Inmigración de Madrid que, a su vez, ha influido en la modificación de las leyes de extranjería.
Alrededor de una docena de personas (de diferentes confesiones religiosas) se dedicaron al tema y confiesan que los primeros años fueron difíciles. La falta de medios la suplieron con imaginación y dedicación. Como anécdotas de esto recuerdan que en la calle General Aizpuru les arrendaron un local por una peseta y que se decidía en grupo quién tenía que viajar a determinadas reuniones en representación de la asociación, así como que, entre todos, se sufragaba el coste del desplazamiento
Cuentan que, al principio, la mayor actividad se centró en labor de contacto, de darse a conocer y de dejar constancia de un cierto carácter profesional en la atención a los inmigrantes.
En acciones directas empezaron en 1995 ya que, quizás debido a la proximidad de las elecciones locales, consiguieron que el alcalde de entonces, Ignacio Velázquez, reconociese que la situación en la que vivían los inmigrantes no era la idónea y se ofreció a facilitar cobijo, comida y medicinas, aunque -precisan- éstas nunca llegaron. Lo cierto es que -comentan con orgullo- “montaron” en cierta forma el primer centro de acogida para inmigrantes en Melilla en los vestuarios del Campo de Fútbol Alvarez Claro, con una capacidad para 32 personas.
En aquellos tiempos en los que el flujo de inmigrantes aumentaba poco a poco se reunieron todas las asociaciones implicadas en su atención en una asamblea con las autoridades. Allí se decidió que la logística corriera a cargo de Cruz Roja, la comida la suministrara Cáritas (hasta que el número aumentó tanto que entró el Ejército en su aporte) y “Melilla Acoge” se hiciera cargo de la gestión del centro de acogida y del tema documental.
Seguidamente solicitaron un nuevo centro a la Administración local y se consiguió abrir con este fin el antiguo Balneario número 1 que funcionó bajo las normas diseñadas por la asociación con una capacidad para veinte personas. Sin embargo, la presión del flujo migratorio aumentó y tuvieron problemas en el centro, debido a que los subsaharianos, divididos en bloques de anglófonos y francófonos, “no se dejaban gobernar e intentaron decidir quién entraba en el centro y quien no”. Tras unos incidentes que conllevaron el distanciamiento con la Administración local, dejaron de gestionar el citado centro.
En esos años también comenzaron a aflorar los inmigrantes argelinos que residían por las cuevas de la zona de Melilla “La Vieja” y los acantilados de la Alcazaba, “que vivían en unas condiciones lamentables, sólo se acercaban al centro de la ciudad para delinquir...”. Dicen que, poco a poco, empezaron a tener contacto con ellos y recuerdan que éstos preguntaban “por qué se atendía a los subsaharianos y a ellos no”. Consiguieron de las Administraciones que se les atendiera a pesar de que casi todos tenían abiertos procesos judiciales.
Señalan que a partir de entonces comienza a cambiar el perfil del inmigrante en Melilla y muestran especial satisfacción cuando hablan de los argelinos que abandonaron las cuevas y a los que se consiguió insertar en la sociedad a pesar de las causas pendientes. Tiempo después muchos consiguieron pasar a la península y “son gente que está trabajando e incluso han llegado a tener empresas”.
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